7.6.11

Miedo

Y entonces quise correr, pero la sangre pesa de dolores y penas, y me quede quieto observando al mundo mecido por el viento inclemente y mudo, llevando consigo solo un rastro de melancolía y desesperanza, sintiendo miedo, miedo profundo, primigenio, como un simple mortal ante la poder devastador y profundo de la naturaleza.
Tal vez los muros no caigan, las casas seguirán de pie, mas no así mi alma, amordazada, aterida en un rincón del cuerpo, llena de tristeza, encadenada a algún desván del cuerpo, mis ojos se apagan, no hay luz, solo densos nubarrones que me remontan a una infancia vaga, a un momento de impotencia sin rabia, sin coraje ni fuerzas para presentarme ante al mundo como parte viviente del mismo, como si un lejano reclamo me confirmara como indeseable como un maldito del mundo de los vivos.
Años han pasado, pero el miedo está ahí, mas fuerte y más dañino cuanto más olvidado se encuentra en algún rincón oscuro de la corazón, ahí donde la grandeza pensante de resquebraja bajo al ataque de un terror místico, universal.

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